Olimpo Cárdernas, Ruiseñor del Pasillo y el Bolero

Por Plinio Garrido.

Cada domingo, en algún hogar del barrio Corona, Queens, New York, u otro espacio similar de New York City, Estados Unidos, América Latina y el mundo, un hombre/una mujer mayor de 50 años deja la cama, se prepara un café y enciende su surtidor musical, sea el “equipo de sonido” (que incluye radio y el tocador de CD’s), sea la laptop, la tableta o el teléfono (celular).  Es fácil pensar que si conserva el viejo Aiwa, eficaz como en su época, y que nos dejó gratos recuerdos musicales, será de ese aparatito de donde irrumpa “Temeridad”, “Tu duda y la mía” o “Fatalidad”,  en lo voz de uno de los tres más grandes intérpretes ecuatorianos: Olimpo Cárdenas, Lucho Bowen o Julio Jaramillo. Los indiscutibles reyes del pasillo.  Del amoroso pasillo ecuatoriano.

Olimpo, Lucho y Julio cumplen a cabalidad el antojo de todo melómano de la vieja guardia, del despechado y también el nostálgico. Sea en Ecuador o en cualquier esquina del mundo donde haya un grupo humano que viva, piense, goce, sufra y cante en castellano.

Pero ¿quiénes fueron estos tres caballeros y qué hicieron para que tantas décadas después sus canciones se escuchen en la rockola latinoamericana, sea porque  “recordar es vivir”  o por el pucho de heridas amorosas en el corazón de un despechado solitario?

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Empecemos por el principio: OLIMPO CARDENAS

 Olimpo León Cárdenas Moreira nació (5 de julio de 1919)  en Vinces, cantón de la provincia de Los Ríos. Apenas llegaba a los tres años cuando murió su madre; dos años después ocurrió igual con su padre. Su madrina, María Orellana de Orejón se lo llevó para su casa en Guayaquil, y fue ella quien le inculcó la inclinación musical. Olimpo empezó a cantar a los 10 años en programas infantiles. Desde entonces no dejó de hacerlo varias veces al día en más de un lugar y desde entonces casi casi todos los días en Ecuador y en todo el continente americano, los restantes 62 años de su vida

Casarse a los 18 años fue acaso ese intento desesperado por retrotraer la figura femenina a su existencia; recuperar a la madre, la voz dulce, el amor y los cuidados que le robó la vida. Necesitaba llenar ese valle denso de su alma con la figura materna; densidad y vacío a la vez que lo acompañaron en toda su existencia. Esas sentidas ausencias —madre y padre—, sin duda,  influyen en un cancionero como el suyo, velada y abiertamente trágico. Un repertorio cargado de  carencias amorosas y de ruegos, y donde la esperanza, la desesperanza, el amor y el desamor son noria intangible y burletera. La pérdida, el abandono, la ilusión que se apaga, ese desamparo frío, tenaz que resulta de la orfandad temprana son para Olimpo tragedia irremediable que acaso nunca logre sublimar con canciones.

Pero hay que seguir cantando. Es destino manifiesto. Llaga y cura. Prueba dura. Dura prueba cotidiana.

En sus 20’s es ya un adulto grande que imita al mimo, verbo y gracia Marcel Marceau,  ¡o al genial Garrik!, ¿por qué no?, en eso de “Reír llorando”. Su voz, la voz de Olimpo, reemplaza el gesto, la mueca, el ademán del mimo francés y del actor inglés a la hora de cantar, de interpretar esa letra dolorosa en un ir y venir entre programas musicales, en la radio, en la plaza de Quito y Guayaquil u a lo largo y ancho de la vasta provincia ecuatoriana. En la planicie (Costa) y en la altiplanicie (Sierra) cantando tangos y valses. La aventura amorosa es abundante  y fugaz. Hijos quedan. El repertorio se ensancha: además de tangos y valses, Olimpo interpretó boleros, pasillos, yaravís. Así, va incorporando una y otra canción que la vida le va presentando o exigiendo, hasta convertirse acaso en la voz romántica más importante de América Latina, como quiera que, si bien Carlos Gardel es el Zorzal Criollo que arrasa verticalmente y reina en el salón de caché, Olimpo Cárdenas ¡es! el dueño de la horizontalidad, es el cantor de lo más pedestre, popular y común. Le canta al compadrito despechado, a la guambra desairada, por consiguiente llega más rápido y certero y deja una huella más profunda en el corazón de los de abajo. Para ellos, para el mundo y para la eternidad Olimpo Cárdenas, ruiseñor sin par, grabó setenta LP`s y en ellos 750 canciones.

Decenas de redactores de la crónica roja solían culpar sus canciones por los suicidios de gente con apego al despecho. Lo mató Olimpo Cárdenas, fue el titular de un diario tras un suicidio. “Si por mi culpa se suicidan tantos, y esto lo castigara la ley, yo tendría más cárcel que si hubiera asesinado a siete obispos”, respondió con humor ante el comentario malevo de un espontáneo.

Colombia fue su segunda patria y como Gardel, allá murió. Su estadía en México fue acaso uno de los periodos cimeros de eso 62 años continuos cantando, como quiera que fue firmado por el prestigioso sello musical Orfeón, una de las más grandes disqueras de México. El primer contrato, por dos años se extendió a trece, radicándose en la patria de Benito Juárez  durante todo ese tiempo; recorrió el país en su totalidad, una y otra vez. Aún hoy, dicen los que saben que Olimpo Cárdenas  conoció más y mejor el alma del país azteca que el mismísimo Juan Rulfo, el escritor más grande de México y que el mismísimo Andrés Manuel López Obrador, AMLO, virtual presidente del México de hoy.

Sus presentaciones en plazas de toros, coliseos, estadios, teatros y clubes nocturnos eran tumultuosas. Sus discos eran comprados como pan caliente y sus canciones se escuchaban por todas partes. Javier Solís, que daba sus primeros pinitos como cultor del bolero, solía ser el abrebocas de Olimpo, el que calentaba el ambiente. 

Omayra Cruz Marín, una colombiana de Armenia y residente en México, le “capturó” el corazón, iniciando con ella una nueva vida conyugal con pocos sinsabores.

Melómanos de algunos países —además de Colombia y México— como Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana, manifestaron una auténtica devoción por Olimpo, quien, rebasó las fronteras de América Latina para cantar en New York City, Los Angeles, Washington, San Francisco, San Antonio, Chicago y varias otras ciudades donde para entonces era ya visible la latinidad romántica.

Su repertorio recoge lo más granado de los compositores de época. Y sus joyas principalísimas:  “Lágrimas de Amor”, “Fatalidad”, “Temeridad”, “Nuestro Juramento”, “Tu duda y la mía”, “Rondando tu esquina”, “Cinco Centavitos” no dejan de cantarse por quienes las conocen y son víctimas de las penas del amor.

Olimpo murió de un infarto el domingo 28 de julio de 1991 en la feria ganadera de Tuluá, dept. del Valle del Cauca. El cimbronazo cardiaco lo sorprendió mientras entonaba la canción “El provinciano”  en el parque infantil Julia Escarpeta de la Feria. Celia Cruz, la Reina Universal de la Salsa, diría en una entrevista que “Olimpo Cárdenas murió en su ley: cantando. Así, es como deberíamos morir todos los cantantes”..

Trasladado a Bogotá y velado en la casa que ocupaba y que lo vio crecer como artista, fue sepultado en el cementerio El Apogeo al sur de la capital de Colombia. Tumba  número 721, Sus restos reposan en el Cementerio Central, y en su lápida se lee este epitafio: "Al ídolo del Pueblo... El cariño y el amor que nos brindaste es el ejemplo que nos guía".

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